Brasil: El Supremo Tribunal Federal y el dilema de la burguesía brasilera

El apretado resultado de 6 a 5 en el juicio que negó el habeas corpus presentado por Lula es sintomático de un aspecto fundamental de la realidad política en el Brasil hoy: la profunda división política de la burguesía brasilera y su incapacidad de construir una salida satisfactoria para la crisis nacional en un corto plazo.

Escrito por Pablo Biondi. PSTU-Brasil LITCI  7-4-2018

Se presenta para la burguesía un dilema que pasa directamente por la figura política de Lula, pero que tiene como centro el problema del alcance y continuidad de la Operación Lava-Jato, una operación que, al mismo tiempo, mostró buena parte de los esquemas de corrupción del país, y ofreció la ilusoria esperanza de una renovación política que llevaría la democracia liberal a su redención.

La Operación Lava-Jato es un esfuerzo combinado del Ministerio Público, la Policía Federal y de segmentos del Judicial para recomponer la credibilidad del conjunto de las instituciones de la república y revigorizar la democracia burguesa en el país. Ese esfuerzo produce una gran “quema” de cuadros del sistema político, revelando las prácticas y conexiones ocultas en los puntos de contacto entre las empresas privadas y la esfera pública, así como el papel organizador del sistema político en todo ese entramado.

La semejanza con una crisis económica, es que la quema de capitales en declive reaviva la llama de la acumulación capitalista, generando un efecto saneador de aumento de la tasa de lucro por medio de la concentración de capital, la crisis política en curso exige el sacrificio de algunos empresarios y miembros del sistema política en nombre de la restauración y de la creencia de las masas en el régimen. La gran cuestión que se plantea es la siguiente: quién será entregado en sacrificio por el bien mayor de la democracia liberal?

Interesa a todos los involucrados que haya castigos, para moralizar el aparato institucional. Ninguno de ellos, sin embargo, ofrece su propio cuello con buen agrado. Es por ello que se instaura una lucha de vida o muerte al interior del sistema político. Una lucha en la que las fuerzas partidarias intentan librarse a todo costa de la carga de esa necesaria depuración, empujándola para un rival o un aliado descartable.

Indudablemente, el Lava-Jato afectó a todos los grandes partidos, aunque en grados diferentes, siendo que, aunque dentro de cada sector, algunos políticos consiguieron salir mejor que otros. El PSDB, por ejemplo, fue menos afectado que el PT y el MDB, sufriendo mucho más una exposición desgastante que un efectivo castigo judicial. Y al interior del tucanato [PSDB], se ve que Aécio Neves, aunque siendo escandalosamente preservado por la justicia, concentró en si el desgaste de su partido, lo que salvó a Geraldo Alckmin, cubriendo la mención de su nombre en las listas de Odebrecth.

Es preciso percibir que, aunque afectando en proporciones inéditas, la Operación Lava-Jato produjo pocos resultados ruidosos. Sus hechos más relevantes hasta ahora, fueron la prisión de Eduardo Cunha y la condena de Lula, siendo que el escenario de prisión del ex-presidente todavía puede ser revertido, como veremos más adelante. También se podría mencionar la prisión del todo-poderoso Marcelo Odebrecht.

Fuera de eso, los nombres afectados fueron poco expresivos. Aécio Neves llegó a ser apartado, pero luego fue reconducido a su puesto en el Senado. Renan Calheiros chocó de frente con el Supremo Tribunal Federal (STF) desafiando la autoridad judicial, y con eso se mantuvo en su puesto. Tal hecho fue decisivo para estancar la sangría descontrolada del sistema político, que siguió expuesto negativamente, pero sin el fantasma de las prisiones y destituciones de cargo. El caso más emblemático es el de Temer, que compró votos de parlamentarios de forma descarada para salvar su mandato, pero al costo de un rechazo popular superior al de Dilma Rouseff.

Antes de la condena a Lula, por lo tanto, el único resultado expresivo de la Operación Lava-Jato había sido la prisión de Eduardo Cunha. Toda la promesa de rescate de las instituciones, en el fondo, se resumiría al encarcelamiento de un único gran nombre y de varios “peces pequeños”. Si ese fuese el desenlace, sería como si la montaña hubiese parido un ratón. De ahí el dilema: qué hacer en relación a Lula?

La disputa feroz en el STF refleja un dilema real para la burguesía brasilera: de un lado, sacrificar a Lula sería un mensaje poderoso que fortalecería el discurso de que, esta vez, el Brasil rechazaría la impunidad de los crímenes de cuello blanco. De otro, condenarlo significa abrir mano de un cuadro político habilidoso y estratégico para la dominación burguesa. Esta no es una elección simple, pues los riesgos son grandes de todos los lados.

En la lectura de votos de cada ministro del Supremo y en declaraciones hechas en la víspera, podemos encontrar las líneas conductoras de las dos tácticas posibles para la burguesía. En Luis Roberto Barroso, tenemos el discurso de la sensación de justicia, el apelar al sentido de indignación popular frente a la impunidad y la declarada reivindicación de defensa de las instituciones, como si ellas mismas estuviesen en el banco de acusados. Menos demagógico y más pragmático, Gilmar Mendes calificó a Lula como un “asset”, un activo de las clases dominantes, un recurso estratégico del cual no se podría renunciar en este momento.

O sea: de un lado, se arriesgan a perder un cuadro político por el bien de la moralización institucional; del otro, se arriesgan a desmoralizar la institucionalidad para salvaguardar un cuadro político y facilitar la vida de sus pares investigados y procesados. No hay situación ideal para la burguesía, no hay ganancia sin pérdida. Súmese a esto la elevada polarización política del país y se obtendrá un disputado 6 a 5 después de más de diez hora de juicio.

Pero, sería una ingenuidad creer que ese cálculo de ganancias y pérdidas fue hecho aisladamente por el STF, por más que este tribunal sea, más que todos los demás, un tribunal político, situado en la zona limítrofe entre la forma jurídica y la razón de Estado.

Precisamente por esta ubicación, la corte constitucional es parte de los acuerdos de cúpula y de las disputas que construyen el día a día de la vida política nacional. Los anhelos del empresariado y del sistema político, no sin tensiones, se hacen sentir en las decisiones de los ministros, de forma más o menos transparente.

El gran anhelo de la burguesía brasilera hoy, es la superación de la crisis política y el restablecimiento de un clima más favorable para los negocios. Por lo tanto, la salida más obvia sería un proceso electoral a ser realizado en octubre de este año. Pero ese proceso puede ser el más confuso de nuestra historia reciente, ya que hay una gran cantidad de candidatos: además de Lula, que no está del todo descartado, puede sumarse a la lista Bolsonaro, Alckmin, Ciro Gomes, Flávio Rocha, Rodrigo Maia, Henrique Meirelles y hasta el mismo Temer. Se piensa además el nombre de Joaquim Barbosa, siendo que, hasta hace poco tiempo atrás, hubo quien acudía a una candidatura de Luciano Huck.

Están también los candidatos de frente popular (Guilherme Boulos y Manuela D’Avila), pero que no tienen el mismo peso que Lula. El embrollo es inmenso, comprobando la división política de la burguesía.

Como se ve, hay candidatos para todos los gustos burgueses, desde una candidatura propia de Flávio Rocha hasta una apuesta total en un ex-ministro del STF que se tiene como paladín de la justicia por su postura en el juicio del llamado Mensalao. Las fracciones burguesas haran distintas elecciones, probablemente con nuevas divisiones internas.

Un grupo más consistente de la burguesía, organizado en los grandes medios y teniendo a la Red Globo como vanguardia, prefiere sacar a Lula del juego, avalando que un candidato condenado y acusado en otros procesos, siendo ganador, desmoralizaría el Lava-Jato. Ese sector también se rebeló contra el aventurerismo de Luciano Huck. Y ya demostró su indisposición frente a Bolsonaro, que sería un factor de recrudecimiento de la inestabilidad.

Por otro lado, no faltan sectores burgueses atentos a la relativa fuerza política del lulismo. Decimos relativa porque Lula y el PT definitivamente no posen el mismo significado que tenían para las masas desde 1980 a los 2000. Su gran triunfo, la verdad, es el poder destacar en medio de las opciones tan frágiles. Las intenciones de voto en Lula expresan mucho más una elección pragmática en la figura más conocida que una adhesión al simbolismo conciliador de su proyecto, o un culto a esa nueva divinidad. Tanto es así que, como es notorio, muchos trabajadores que hasta estarían dispuestos a votar al ex-presidente en el actual escenario, no tienen disposición de mover siquiera un dedo para salvarlo de la prisión.

Además de eso, el lulopetismo dominó a la izquierda reformista de modo impresionante, conquistando un pequeño ejército militante, una guardia pretoriana pronta para hacer aquello que los trabajadores no quieren hacer: marchar en defensa de Lula y de la “democracia”. Algunos de esos militantes, que juran ser oposición de izquierda al PT, parecen estar dispuestos a entregar su propia vida, o casi eso, para preservar al ex-gestor del capitalismo brasileño. También ahí tenemos una demostración de la fuerza que todavía le queda a Lula, que, inclusive, emplazó su candidato en el PSOL y regimentó varias corrientes y parlamentarios de ese partido como satélites del petismo.

Esa capacidad de regimentación y domesticación, por cierto, no es ignorada por parte de las clases dominantes.

Podríamos indagar donde está la burguesía pro-PT. La mayor parte de ese segmento está bastante debilitado. Basta pensar la condición actual de la familia Odebrecht, de Joesley Batista y de Eike Batista, solo para recordar algunos. Es como los empresarios, en general, no quieren asociarse o ser asociados con un barco en hundimiento, sus relaciones con el petismo se tornaron más discretas. Es el caso de la latifundista Katia Abreu, que estaba en la linea de frente en la resistencia parlamentaria contra el impeachment a Dilma, y que hoy prefiere apuntalar a Ciro Gomes, acompañando el destino de Lula desde una distancia segura.

Hay una posición reticente de la burguesía en relación a Lula. Tal vez el no sea la primera opción de ninguna fracción burguesa, pero son raras aquellas que no lo admiten en ninguna hipótesis.

Curiosamente, el líder petista sería más valorizado si las organizaciones que le dan sustento, particularmente la CUT, fuesen menos subordinadas al capital. Si la burocracia vinculada al PT se hubiese empeñado en la construcción de huelgas generales en el último período, el ex-presidente podría surgir como una solución apaciguadora, como la única alternativa capaz de calmar al movimiento de masas. Pero como la CUT se rehusó a enfrentar al gobierno de Temer de modo consecuente, teniendo temor de derrumbarlo -un gobierno que no se cansaron de acusar de golpista-, entonces una parte de los capitalista puede cuestionarse, legítimamente, sobre la utilidad del lulismo.

De cualquier modo, Lula todavía tiene resquicios de capital político que amasó durante la presidencia, y por eso todavía es un rival de peso para sus contrincantes, lo que ayuda a comprender los movimientos de algunas pre-candidatos. Como es evidente, los agentes del sistema político no son meros expectadores en el juicio de uno de sus colegas: ellos pueden intervenir para auxiliarlo o para perjudicarlo según los intereses particulares del momento.

Para aquellos que están más preocupados por su sobrevivencia en el sistema, apoyar a Lula es su horizonte inmediato. Para aquellos que se juzgan, al menos momentáneamente, por encima del riesgo de la degollación, se dan el lujo de aspirar a posiciones más ambiciosas (como las vacantes de las elecciones de octubre), sabotear al candidato del PT es una opción más atractiva.

Si Lula es una carta fuera de la baraja, y si las capas más sobrias de la burguesía se unifican contra Bolsonaro, evitando un todavía más desastroso “Trump brasilero” (pues Trump, aunque rechazado por buena parte de los republicanos, no deja de tener una base parlamentaria para gobernar), entonces los candidatos restantes serían igualmente débiles, aumentando mucho las chances de cada uno. Con tamaña división burguesa, se expresa en diversas candidaturas, la carrera electoral está abierta. Entretanto, la mayoría de los pre-candidatos están siendo investigados, y prefiere el enfriamiento de las medidas judiciales y policiales. El propio Temer, nuevamente bajo fuego pesado, fue sorprendido por la decisión del STF, considerándolo como un revés para toda la “clase política”.

Partidaria de una táctica opuesta a la de Temer y compañía, Carmen Lucia apostó en la preservación de la imagen de las instituciones, comenzando por la de su propio tribunal. A modo de garantizar un resultado contrario a la concesión del habeas corpus, la ministra puso en agenda el pedido de Lula antes del examen de mérito sobre el tema de la prisión después del recurso en segunda instancia. El propio ministro Marco Aurélio Mello denunció la maniobra y, haciendo las veces de abogado de la parte, pidió la suspensión de los efectos de la decisión hasta que hubiese una apreciación específica, en otro proceso, sobre la prisión en la hipótesis mencionada. Eso porque, cuando se de esa apreciación, el resultado tiende a invertirse: la ministra Rosa Weber es favorable a la tesis que impide el encarcelamiento antes del agotamiento de todos los recursos, y esa posición beneficia, concretamente, la pretensión de Lula.

Lo que Carmen Lucia hizo fue una maniobra burocrática bien al gusto de las maniobras que las burocracias sindicales hacen en las elecciones de sus entidades, jugando con las reglas de juego para obtener ventajas en las disputas y derrotar la oposición. Artificios como esos son parte de la lucha política en la democracia burguesa, y el propio PT recurrió a cosas de este tipo siempre que pudo, aunque no siempre con el mismo éxito, pues su capacidad de negociación fue deteriorada desde el segundo mandato de Dilma. Puede citarse como ejemplo el episodio en que la entonces presidenta intentó nombrar a Lula como ministro de la casa civil para otorgarle foro privilegiado y evitar que su caso quedara en las manos del juez Sérgio Moro. Dicha iniciativa fue negada en el STF, aunque su composición, desde aquella época, sea la de magistrados colocados por los gobiernos petistas.

La maniobra de Carmen Lucia funcionó en ese juicio, pero no va a funcionar siempre. Se formó una mayoría tenue y circunstancial contra Lula. La presidenta del STF puede aplazar al máximo la apreciación del proceso sobre el mérito de prisión después de la segunda instancia, pero como instruyó el ministro Marco Aurélio, el tribunal puede juzgar medidas de urgencia en cualquier momento, lo que podría generan un nuevo resultado a favor del candidato del PT. Por otra parte, tanto Marco Aurélio como Gilmar Mendes afirmaron que no aplicarán el entendimiento dominante en la corte en los procesos que llegaron a sus manos.

Contra todo eso, es notorio que la crisis política no solo continúa sin solución, sino que también afecta al STF de algún modo e involucra sectores de las fuerzas armadas como el Ejército, que ya no controla las opiniones individuales de la alta oficialidad y la Aeronáutica, que se contrapuso abiertamente a los oficiales más exaltados del Ejército.

Paralelamente, las incertidumbres para la burguesía siguen siendo un tormento, así como para la situación de los partidos y sus candidatos. Lula era parte del pacto nacional de salvación del sistema político, conforme a la narrativa del audio filtrado de Romero Jucá, un audio cuidadosamente editado por la izquierda reformista, en su transcripción, para suprimir la mención al nombre del petista. Es posible que los términos del pacto hayan cambiado, y que, el ex-presidente haya sido puesto en el rincón por sus pares, pero las inquietudes del Planalto contra el resultado del juicio sugieren lo contrario: el mantenimiento del pacto original y el temor de un nuevo pico de descontrol del Judicial y de la Policía Federal. De cualquier modo, todavía resta, al condenado Lula, la militancia cooptada y los mejores abogados que el dinero puede proveer. Al PT, resta solo la duda sobre la cabeza de la candidatura, una vez que el arco de alianzas con los “golpistas” ya está definido.

¿Y la clase trabajadora? Le resta dejar que Lula y el PT se entiendan con aquellos que gobernaron el país para el capital durante 13 años. Le resta bregar por la más absoluta independencia de clase, rechazando tanto a la derecha tradicional y la nueva derecha, representada por los patéticos MBL y “Vem para rua”, mientras en el polo frente populista de Lula y sus aliados, aquellos que mueven montañas para salvar el pellejo del mayor pelego de la historia de este país (hoy inclusive, un empresario), pero que no hicieron nada por Rafael Braga y por los verdaderos perseguidos políticos de esta “democracia” que siempre fue dictatorial contra el pueblo explotado y oprimido. Resta rechazar el rehacer el camino del PT, como propone el PSOL de Boulos. Resta, en fin, una rebelión contra todos los que nos atacan y contra todos los mercaderes de ilusiones.

Traducido por Federico R.

Artículo original: https://www.pstu.org.br/o-stf-e-o-dilema-da-burguesia-brasileira/