En el centro de la Foto Lenin y Trotsky

Fragmento del prologo de Trosky – Nuevo aniversario de su asesinato: 7 noviembre de 1879/ 21 de agosto de 1940

En los dos primeros meses del año 1917 reinaba todavía en Rusia la dinastía de los Romanov. Ocho meses despúes estaban ya al timón los bolcheviques, un partido ignorado por casi todo el mundo a principios de año y cuyos jefes, en el momento mismo de subir al poder, se hallaban aún acusados de alta traición. La historia no registra otro cambio de frente tan radical, sobre todo si se tiene en cuenta que estamos ante una nación de ciento cicuenta millones de habitantes. Es evidente que los acontecimientos de 1917, sea cual fuere el juicio que merezcan, son dignos de ser investigados.

La historia de la revolución, como toda historia, debe, ante todo, relatar los hechos y su desarrollo. Pero esto no basta. Es menester que del relato se desprenda con claridad por qué las cosas sucedieron de ese modo y no de otro. Los sucesos históricos no pueden considerare como una cadena de aventuras ocurridas al azar ni egarzarse en el hilo de una moral preconcebida, sino que deben someterse al criterio de las leyes que los gobiernan. El autor del presente libro entiende que su misión consiste precisamente en sacar a la luz esas leyes.

El rasgo indiscutible más característico de las revoluciones es la intervención directa de las masas en los acontecimientos históricos. En tiempos normales, el Estado, sea monárquico o democrático, está por encima de la nación; la historia corre a cargo de los especialistas de este oficio: los monarcas, los ministros, los borócratas, los parlamentarios, los periodistas. Pero en los momentos decisivos, cuando el orden establecido se hace insorpotable para las masas, estas rompen las barreras que la separan de la palestra política, derriban a sus representantes tradicionales y, con su intervención, crean un punto de partida para el nuevo régimen. Dejemos a los moralistas juzgar si esto está bien o mal. A nosotros nos basta con tomar los hechos tal como nos los brinda su desarrollo objetivo. Las historia de las revoluciones es para nosotros, por encima de todo, la historia de la irrupción violenta de las masas en el gobierno de sus propios destinos.

Cuando en una sociedad estalla la revolución , luchan unas clases contra otras, y, sin embargo, es de una innegable evidencia que las modificaciones por las bases económicas de la sociedad y el sustrato social de las clases desde que comienza hasta que acaba no bastan, ni mucho menos, para explicar el curso de una revolución que en unos pocos meses derriba instituciones seculares y crea otras nuevas, para volver enseguida a derrumbarlas.

La dinámica de los acontecimientos revolucionarios se haya determinada directamente por los rápidos, tensos y violentos cambios que sufre la psicología de las clases formadas antes de la revolucón. La sociedad no cambia nunca sus instituciones a medida que lo necesita, como un operario cambia sus herramientas. Por el contrario, acepta prácticamente como algo definitivo las instituciones a que se ve sometida.

Pasarán largos años durante los cuales la obra de crítica de la oposición no es más que una valvula de seguridad para dar salida al descontento de las masas y una condición que garantiza la estabilidad del régimen social dominante, es, por ejemplo, la significación que tiene hoy la oposición socialdemócrata en ciertos paises. Han de sobrevenir condiciones completamente excepcionales, independientes de la voluntad de los hombres y los partidos, para arrancar al descontento las cadenas del conservadurismo y llevar a las masas a la insurrección.

Por tanto, esos cambios rápidos que experimentan las ideas y el estado de espíritu de las masas en las épocas revolucionarias no son producto de la elasticidad y movilidad de la psiquis humana, si no al reves, de su profundo conservadurismo. El ataraso crónico en que se hayan las ideas y las relaciones humanas con respecto a las nuevas condiciones objetivas , hasta el momento mismo en que estas se desploman catastróficamente, por decirlo así, sobre los hombres, es lo que en los períodos revolucionarios engendra ese movimiento exaltado de las ideas y las pasiones que a las mentalidades policíacas se les antoja fruto puro y simple de la actuación de los “demagogos”.

Las masas no van a la revolución con un plan preconcebido de la sociedad nueva, sino con un sentimiento claro de la imposibilidad de seguir soportando la sociedad vieja. Solo el sector dirigente de cada clase tiene un programa político, programa que, sin embargo, necesita todavia ser sometido a la prueba de los acontecimientos y a la aprobación de las masas.(…)

Los procesos que se desarrollan en la conciencia de las masas nunca son autónomos ni independientes, Pese a los idealistas y los ecléticos, la conciencia se haya determinada por la existencia (,,,)

Por IST