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Opinión escrita por Lorena Bello Barreiro, docente de secundaria.
En la última década, el movimiento feminista latinoamericano ha movilizado conciencias y visibilizado las múltiples formas de opresión que padecen las mujeres y los cuerpos feminizados en sociedades neoliberales atravesadas por femicidios, transfemicidios y travesticidios. Hoy, a esta realidad se suma la deuda como dispositivo de explotación y control patriarcal, capitalista y colonial, que aterriza en la economía doméstica y restringe la posibilidad de una vida autónoma y digna, haciendo urgente la proclama: “¡Vivas, libres y desendeudadas nos queremos!”.
Desde 2016, las activistas e investigadoras argentinas Verónica Gago y Luci Cavallero, en el marco organizativo de las llamadas “huelgas feministas internacionales”, elaboran un pensamiento crítico sobre el endeudamiento de las economías domésticas. Su propósito consiste en mostrar la máscara poco humana del neoliberalismo que se sostiene mediante una “colonización financiera” orientada a reproducir relaciones sociales desiguales que perpetúan la explotación económica de los cuerpos con el fin de expandir y acumular capital en manos estratégicamente interesadas y masculinizadas.
El éxito de esta financiarización colonial radica en su capacidad para captar y extraer valor de sectores que no suelen reconocerse como economías productivas. Tal es el caso de los trabajos domésticos, reproductivos y comunitarios, sostenidos por poblaciones consideradas de “alto riesgo” de pago debido a la ausencia de salarios fijos, la prevalencia de ingresos informales, subsidios estatales o, directamente, la falta de remuneración.
Aquí, la capacidad de endeudamiento se traduce en potencial de pago al generar una condición de endeudamiento permanente para incorporar dichos cuerpos en una relación prolongada de dependencia estructural que los convierte en mercancía, erosionando su autonomía y obligándolos a aceptar cualquier forma de trabajo o servidumbre involuntaria, sin importar el sueldo ni las condiciones laborales. Prueba de ello es el alcance exorbitante de la deuda, ofertada como una “democratización del acceso al crédito” y promovida bajo el discurso de la “inclusión financiera” de las mujeres y los cuerpos feminizados.
Pero la obligación de la deuda no es solo económica, sino también moral. Actúa como un dispositivo de moralización que produce sentimientos de culpa, vergüenza y fracaso ante la imposibilidad de cumplir con la expectativa de que las jefas de hogares monoparentales, las trabajadoras precarias y las desempleadas —consideradas buenas administradoras, pagadoras ejemplares y deudoras responsables— puedan alcanzar autonomía convirtiéndose en “empresarias de sí mismas”.
Lo cierto es que la financiarización busca convertir al sujeto de crédito en una persona dependiente de una acumulación compulsiva de deudas, que incluso le permita cubrir sus necesidades básicas de subsistencia. Pero, ¿quién le debe a quién cuando se trata de suplir las necesidades básicas que sostienen la vida concreta de las personas?
En respuesta, se denuncia que el capitalismo sostiene una deuda importante al no reconocer que el sistema patriarcal se ha beneficiado de las tareas históricamente devaluadas, mal remuneradas e invisibilizadas, generando una riqueza selectiva y distribuida de manera desigual según el sexo y el género.
Finalmente, una lectura feminista busca visibilizar la deuda —“sacarla del clóset”, como señalan las autoras—, evidenciando que se trata de un problema estructural que naturaliza la experiencia de “hacer cuentas solas”. Frente a ello, emerge la necesidad de una desobediencia colectiva que confronte la lógica de la deuda y desarme los mandatos de género que perpetúan injusticia, desigualdad y discriminación entre los cuerpos. Me sumo a este gesto feminista de desacato y emancipación ¿Y vos?
