Tiempos de rebelión en Latinoamérica

Vivimos tiempos de rebelión en el mundo, que se manifiestan con mucha fuerza en Latinoamérica.

Por: Alejandro Iturbe – LITCI

Asistimos a luchas en Hong Kong, en el Extremo Oriente; en Argelia, Irak y El Líbano, en el mundo árabe; en Europa, con Cataluña y, antes, los chalecos amarillos franceses. En nuestro continente, vivimos la reciente rebelión en el Ecuador; la lucha contra el gobierno de Moïse en Haití; la durísima batalla del pueblo chileno contra el gobierno de Piñera; el proceso de lucha contra el gobierno de Duque, en Colombia, y la resistencia contra el golpe en Bolivia.

En un solo artículo, resulta imposible considerar cada uno de ellos con la profundidad que merecen. Entonces, trataremos de analizar algunos rasgos comunes y también algunas diferencias entre ellos.

Un proceso continental

Creemos que se trata de un proceso continental, una oleada que tiende a extenderse por los problemas comunes que enfrentan los pueblos, por los vasos comunicantes entre ellos y, también, por el “efecto dominó” del impacto de cada lucha en los otros países.

No es “un rayo en cielo sereno”. Fue anunciado por procesos anteriores como el durísimo enfrentamiento contra la reforma de la previsión social en Argentina, en diciembre de 2017; la rebelión contra el gobierno de Ortega, en Nicaragua, la huelga general en Costa Rica (ambas en 2018), anteriores rebeliones en Haití y la lucha contra el gobierno de JOH, en Honduras.

En un punto, un hecho aparentemente menor (como la quita de subsidios al combustible o un aumento del pasaje del transporte público) es “la chispa que enciende el polvorín”. Muchos años de aceptación más o menos pasiva se transforman en una bronca acumulada que explota con fuerza: “No son 30 pesos son 30 años”, como expresan los carteles del pueblo chileno. Esta bronca de las masas contra tantos años de ajustes y permanentes ataques a su nivel de vida se combina con la constatación de que los gobiernos y regímenes políticos son responsables activos de esa realidad de deterioro creciente y permanente.

Todos los gobiernos burgueses atacan a los trabajadores y las masas, y no tienen otra alternativa que hacerlo. Por eso, en el “caldo de cultivo” de los regímenes en donde se producen (o pueden producirse) las explosiones se combinan dos procesos. Uno es la lucha contra los gobiernos burgueses de derecha, explícitamente capitalistas y proimperialistas, como en Chile y Colombia. El otro es el deterioro y la degradación de gobiernos burgueses populistas (algunos incluso tratan de vestirse de “socialistas”) derivados en dictaduras, como Nicaragua y Venezuela. Lo ocurrido en Bolivia merece un análisis más específico [1].

Esta combinación de gran ascenso de masas y de deterioro y crisis de los gobiernos y regímenes (que el ascenso profundiza) configura en muchos casos lo que los marxistas denominamos “procesos revolucionarios”. Es decir, aquellos en que puede presentarse la cuestión del poder para los trabajadores y las masas. En palabras de Lenin: “Cuando los de arriba no pueden seguir gobernando como antes y los de abajo no quieren seguir viviendo como hasta ahora, e intensifican considerablemente su acción revolucionaria”.

Los protagonistas

Cada país presenta particularidades en los sectores sociales y en los métodos con que se produce la rebelión.

En el Ecuador, la vanguardia fueron claramente los campesinos encabezados por la CONAIE que toman las ciudades, sin participación de los obreros organizados; en Bolivia, la base de la resistencia al golpe fueron los pobladores de los barrios de El Alto y los sectores campesinos de los pueblos originarios; en Chile, adquiere un carácter semiinsurrecional urbano y popular, con participación parcial de los trabajadores sindicalizados (portuarios y construcción, básicamente). En Colombia, las protestas han paralizado el transporte con movilizaciones masivas en varias ciudades y enfrentamientos con la Policía. La vanguardia es la juventud, especialmente los estudiantes universitarios. La principal debilidad es que la clase obrera no está en el centro del proceso.

En Chile, además, se ve algo que se ha manifestado en varios partes del mundo: la participación activa en los enfrentamientos de una juventud precarizada y sin perspectiva de futuro en el capitalismo de hoy. Este fenómeno ya se había evidenciado en el Ecuador, pero en Chile adquiere un grado de organización superior: la “primera línea”, esencial para la defensa de las movilizaciones frente a la represión de los carabineros.

La crisis de dirección revolucionaria

En el Programa de Transición (1938), escrito para la fundación de la IV Internacional, Trotsky analizó que las condiciones objetivas para la revolución socialista estaban más que maduras. Sin embargo, el factor subjetivo (una dirección revolucionaria dispuesta a llevar esa lucha hasta el final) estaba muy retrasado. Es la “crisis de dirección revolucionaria” que deforma y retrasa todos los procesos.

En algunos casos, las direcciones traidoras son capaces de frenar directamente las luchas y llevarlas a la vía muerta de las negociaciones, abortando o demorando su dinámica objetiva hacia el poder. Fue lo que hizo la dirección de la CONAIE en el Ecuador, que frenó la lucha contra el gobierno de Lenín Moreno, y lo que hicieron Evo Morales y el MAS con la resistencia contra el golpe de derecha a la que llevaron a la vía muerta de un proceso electoral condicionado.

En el caso chileno, las direcciones traidoras (influidas por el PC y el PS) están mucho más en crisis y dispersas, como resultado de su responsabilidad y complicidad en la transición pactada que dio origen al régimen actual (a finales la década de 1980) y sus consecuencias posteriores para las masas. Por eso, tienen mucha menor capacidad de control directo de las masas. Esa crisis libera fuerzas y, en gran medida, explica la combatividad y continuidad del proceso revolucionario.

Sin embargo, la ausencia de una clara alternativa de dirección revolucionaria tiene varias consecuencias negativas. En primer lugar, la dificultad de un ingreso contundente de la clase obrera organizada como centro de la movilización. En segundo lugar, retrasa la construcción de organismos que expresen la lucha, lo que se hace a un ritmo más lento del que requeriría el proceso revolucionario (las Asambleas Populares). Finalmente, si bien las direcciones traidoras están en crisis, este espacio vacío les permite seguir operando e influyendo para erosionar la lucha e intentar llevarla a la vía de la negociación con el gobierno Piñera.

Las respuestas de las burguesías y el imperialismo

Por supuesto, las burguesías nacionales y el imperialismo no se quedan pasivos frente a esta situación y responden con distintos mecanismos para derrotar, frenar o postergar las luchas revolucionarias.

En el continente, se combinan durísimas represiones “institucionales” con pactos y negociaciones con las direcciones de masas, como ocurrió, por ejemplo, en el Ecuador y se intenta hacer en Chile. En otros casos, se trata de desmontarlo por la vía electoral, como en Argentina con el triunfo del kirchnerismo, o prevenirlo con la “zanahoria” del “Lula presidente 2022” en el Brasil. En el caso boliviano, las movilizaciones legítimas contra el fraude electoral de Evo fueron capitalizadas por un sector burgués de ultraderecha que, aliado con las FFAA, da un golpe militar.

Por su parte, el imperialismo ha encendido sus luces de alerta. El gobierno Trump intenta endurecer las respuestas a las luchas, pero ahora comienza a concentrarse en evitar los estallidos. El jefe de la diplomacia estadounidense Mike Pompeo declaró: “La Casa Blanca prestará ayuda económica a los gobiernos legítimos de América Latina, para evitar que protestas se conviertan en ‘revueltas sociales’” [2]. Los imperialismos europeos y el Papa ya vienen trabajando para evitar que se produzcan estas “revueltas” y, si estallan, para impedir su avance a través de salidas negociadas.

Las tareas de los revolucionarios

Cuando estos procesos revolucionarios estallan, evidentemente la primera tarea de los revolucionarios es intervenir en ellos e impulsarlos para que la movilización y la organización de las masas avancen.

Pero debemos ser conscientes de que, por diversas razones, llegamos a ellos con una relación de fuerzas muy desfavorable contra las direcciones traidoras, incluso cuando estas están desprestigiadas y dispersas. Los procesos revolucionarios ayudan a mejorar esa correlación, pero, con la velocidad en que transcurren, en la mayoría de los casos, no dan margen de tiempo para resolverla y las luchas revolucionarias se ven frenadas o postergadas.

Lo peor que podemos hacer es caer en la desesperación. Debemos presentarnos ante los activistas y las masas con nuestras propuestas para desarrollar a fondo la lucha por el punto más sentido (el “Fuera Piñera” en Chile o “derrotar el golpe” en Bolivia), y combatir en el movimiento las propuestas de las direcciones traidoras.

En ese marco, se trata de presentar nuestro programa de respuesta más estratégica a las penurias que generan la rebelión: la toma del poder por los trabajadores y las masas para iniciar la construcción de una sociedad socialista. Con esa perspectiva, la construcción y el fortalecimiento del partido revolucionario y de los organismos de lucha de las masas son las dos tareas esenciales de nuestra intervención.

No tenemos un gramo de derrotistas: confiamos plenamente en los trabajadores y en las masas, y en su capacidad de avanzar a través de su experiencia. La impulsamos con todas nuestras fuerzas. Pero si las direcciones traidoras consiguen frenar en un estadio previo o postergar los procesos revolucionarios, sabemos que otros los continuarán en un futuro próximo. En ese caso, debemos llegar a ellos con mayor fuerza e influencia, con mayor experiencia de los luchadores y de las masas. En otras palabras, más cerca del triunfo estratégico.

Notas:

[1] https://litci.org/es/menu/mundo/latinoamerica/bolivia/avanzar-en-la-lucha-para-derrotar-el-golpe-en-bolivia/

[2] https://www.meganoticias.cl/mundo/283854-mike-pompeo-gobiernos-legitimos-america-latina-revueltas-sociales.html