Mujica y Sanguinetti: mucho más que un abrazo

Despedida del Senado y «ceremonia republicana»

«Una hora de conciliación, una de hora de reafirmación democrática», fueron las palabras de Julio María Sanguinetti (Partido Colorado) para definir la ceremonia parlamentaria donde él, junto a José “Pepe” Mujica (Frente Amplio), renunciaron al senado de manera conjunta.

Escrito por Federico

La “despedida” en el parlamento fue acordada luego que la vicepresidenta, Beatriz Argimón (Partido Nacional), se lo propusiera a los dos octoagenarios dirigentes.

El hecho fue ampliamente difundido por los grandes medios de prensa a nivel local como una muestra de “republicanismo democrático” y de “fortaleza institucional” del Uruguay.

La “sesión especial” resultó, como no podía ser de otra manera, en un fraternal clima entre “colegas”, donde intercambiaron elogios entre Mujica, Sanguinetti y el resto de los legisladores Blancos, Colorados, Frenteamplistas y hasta del ultraderechista Cabildo Abierto.

Luego de los discursos, finalizaron con aplausos, abrazos y agradecimientos. Dejaron atrás todas las confrontaciones y acusaciones para la campaña electoral, y se fundieron todos en su tan emotiva ceremonia republicana.

¿Pero cómo es posible que dos figuras con trayectorias en principio tan disímiles terminen tirándose flores de esta manera?

Sanguinetti y Mujica

Sanguinetti es parte de la crema política del Uruguay. Su apellido está ligado a las familias de clase alta que, así como los Batlle, los Herrera, los Larrañaga, los Lacalle; han venido gobernando como una dinastía durante más de 150 años.

Fue ministro de Industria y Comercio durante el gobierno colorado de Jorge Pacheco Areco en 1969, que ante la creciente escalada de luchas de los obreros y estudiantes uruguayos implementó las Medidas Prontas de Seguridad, asesinando al que sería el primer mártir estudiantil, Liber Arce.

Formó parte, hasta los meses previos al golpe de estado, del gobierno de Juan María Bordaberry, defendiendo al gobierno y las instituciones que habían declarado el Estado de Guerra Interno y la Suspensión de la Seguridad Individual,

Durante sus presidencias (1985-1990 y 1995-2000), se encargó de aplicar duros ajustes contra los trabajadores, siendo responsable por el aumento del desempleo, la miseria y la precarización.

Sanguinetti fue enemigo implacable del marxismo, al cual todavía se preocupa de dar por muerto en no pocas de sus columnas, y de la propia clase obrera, de la que se jactó que jamás le había ganado una huelga.

Así, su nombre y sus gobiernos fueron odiados por las maestras, los docentes y la inmensa mayoria de la clase obrera, cuyo repudio hundió en las urnas a Sanguinetti y el Partido Colorado durante los últimos 20 años, haciéndolo entrar en una crisis cada vez más profunda que arrastra hasta hoy.

Sanguinetti es, además, un férreo defensor de la impunidad de los militares y de la teoría de “los dos demonios”. Tuvo la desfachatez de declarar que “en Uruguay no se desapareció ningún niño” y que nada había tenido que ver Uruguay con el Plan Condor; intentando limpiar la imagen de las Fuerzas Armadas uruguayas ante los reclamos internacionales de muchísimas personalidades por el caso Gelman que golpearon a su gobierno.

Mujica, por otro lado, fue parte de un importante sector proveniente de la clase media, que, en su caso, rompió con el Partido Nacional para formar la guerrilla denominada Tupamaros en los años 60’.

Influenciados por la revolución cubana que había conmovido a toda Latinoamérica e impactado a toda la vanguardia obrera y popular, Mujica fue parte de un sector que apostando a la lucha armada, se jugó la vida con su lucha. Por ello fue preso en condiciones infrahumanas y cruelmente torturado por la dictadura que se instauró en 1973.

Lamentablemente, la concepción frentepopulista de Mujica y el sector mayoritario de los dirigentes Tupamaros, su menosprecio y desconfianza en la clase obrera y sus luchas, los fueron llevando a la negociación con los altos mandos militares, al parlamentarismo y la defensa de este sistema capitalista en decadencia, abandonando la lucha por el socialismo, la liberación nacional, el antiimperialismo o los DDHH, como veremos.

El Pacto del Club Naval y la “democracia ejemplar”

Cuando la dictadura comienza a ser acorralada y amenazada por la lucha y la movilización obrera, toda la burguesía sale al rescate de las Fuerzas Armadas para evitar que esta cayera de forma abrupta por la movilización, como había acontecido en Argentina. Se busca así una “salida ordenada”, inspirada en el Pacto de la Moncloa de España.

De esa forma es que se desarrolla el Pacto del Club Naval, con Sanguinetti como uno de sus grandes artífices, en 1984. Allí se acordó entre Colorados, los altos mandos militares y la dirigencia del Frente Amplio una “salida negociada” que dejó impune a los golpistas y llevaron a las elecciones tuteladas con candidatos y partidos proscriptos en el año 1985, donde Sanguinetti terminaría obteniendo su primera presidencia.

Más tarde el Partido Nacional, que por tener preso a su dirigente Wilson Ferreira Aldunate no participó de esa negociación, también pasaría a formar parte de ese pacto de impunidad que se plasmó en la creación de la “Ley de Caducidad de la Pretensión Punitiva del Estado”.

Este gran pacto de impunidad es el que sienta las bases del régimen político uruguayo hasta el día de hoy.

Los ex-guerrilleros abandonan la lucha armada para pasarse a la “lucha” electoral, integrándose posteriormente al Frente Amplio, que poco a poco también va abandonando su discurso confrontativo con blancos y colorados para transformarse en uno de los principales sostenedores de esta ejemplar “institucionalidad republicana” surgida del Pacto del Club Naval, que dejó impunes a los mayores asesinos de nuestra historia reciente.

Esta “modelo institucional” es el que pasaron a defender blancos, colorados y los dirigentes frentamplistas como “ejemplo de democracia”, incluido Mujica y la amplia mayoría de los ex-dirigentes de la guerrilla.

Abrazo de impunidad

No ha sido un hombre revanchista. Todo lo contrario, y eso es un aporte”, destacó Sanguinetti sobre Mujica en la despedida del senado.

Estas palabras de Sanguinetti se apoyan en que, durante los gobiernos del Frente Amplio en general, pero durante el de Mujica en particular, se intentó, de distintas maneras “dar vuelta la página” sobre los crímenes de la dictadura. Algo que también venían intentando insistentemente los gobiernos colorados y blancos desde el 85 a esta parte. No por nada los dirigentes frentistas, a pesar de haber gobernado durante tres períodos con mayoría parlamentaria, se negaron a anular la Ley de Impunidad.

Especialmente sobre Mujica, debemos recordar que fue él quien ascendió en 2015 a Guido Manini Ríos a Comandante en Jefe del Ejército, quien más tarde formaría el partido ultraderechista y defensor de los torturadores, Cabildo Abierto.

Fue Mujica quien declaró que no quería tener “viejitos presos”, refiriéndose a los violadores de los DDHH. Fue Mujica quien visitó en el Hospital Militar al general Miguel Dalmao, procesado por el asesinato de la militante comunista Nibia Sabalsagaray por razones “humanitarias”.

Fue Mujica quien colocó como Ministro de Defensa al ex-tupamaro Fernández Huidobro, férreo defensor de los milicos, quien trató a los Familiares de Desaparecidos como “enfermitos” y “mentirosos”.

Mujica colocó todo su prestigio al servicio de esa política siniestra de reconciliación con los verdugos de los trabajadores. Por eso declaró durante la sesión que “en mi jardín hace décadas que no cultivo el odio. Aprendí una dura lección que me puso la vida: el odio termina estupidizando”.

Arriba ceremonias y flores, abajo bronca y rabia

El abrazo entre Mujica y Sanguinetti no hace más que simbolizar este lamentable derrotero de la dirigencia frenteamplista, totalmente mimetizada con aquellos viejos partidos corruptos y enemigos de los trabajadores que alguna vez dijo querer combatir.

Como en el final del cuento de Orwell, Rebelión en la Granja, “los animales asombrados, pasaron su mirada del cerdo al hombre, y del hombre al cerdo; y, nuevamente, del cerdo al hombre; pero ya era imposible distinguir quién era uno y quién era otro.”

Que sigan estos dirigentes con sus festejos en su realidad republicana paralela; mientras, la situación cada vez se hace más insoportable para los trabajadores y sectores populares que sufren por cientos de miles la pobreza, el desempleo y los despidos. Que junto a la lucha por la causa de los DDHH que sigue sin tener respuestas, hace que seguimos acumulando bronca por abajo. Bronca que cuando estalle, aguará más de un abrazo republicano en el chiquero parlamentario.