Lenin y los pobres del campo

Ante los debates dentro de la izquierda sobre la posición que deben adoptar los revolucionarios frente a las movilizaciones actuales denominadas «del campo», recogemos extractos de Lenin sobre su manifiesto “A los pobres del Campo”

V.I. Lenin extractos

“Ya hemos hablado brevemente de ello y nos hemos cerciorado de que los campesinos pobres y los obreros del campo deben unirse a los obreros de la ciudad. Pero esto no basta. Hay que saber, además, quiénes seguirán en el campo a los ricos, a los propietarios, y quiénes se pondrán de parte de los obreros, de los socialdemócratas”

“¿De qué manera se proponen los obreros socialdemócratas liberar al pueblo de la miseria?

Para saberlo, hay que comprender con claridad de dónde proviene la miseria a que se halla condenada la inmensa masa del pueblo en el presente régimen social. Crecen ricas ciudades, se edifican lujosas tiendas y casas, se construyen ferrocarriles, se introduce toda clase de máquinas y perfeccionamientos tanto en la industria como en la agricultura, mientras millones de hombres del pueblo no consiguen salir de la miseria y siguen trabajando toda su vida para sostener a duras penas a su familia. Más aún: el número de obreros desocupados es cada vez mayor. Aumenta constantemente, tanto en la ciudad como en el campo, la masa de gente que no logra encontrar ningún trabajo. En las aldeas esta gente sufre hambre, en las ciudades pasa a engrosar las bandas de vagos y maleantes, vive hacinada como bestias en las covachas de los arrabales o en sótanos y tugurios espantosos, como los del mercado de Jítrov, en Moscú.

¿Cómo explicarse esto? ¿Cómo explicarse que, mientras aumentan la riqueza y el lujo, los millones y millones de seres que con su trabajo crean todas las riquezas, permanezcan en la pobreza y en la penuria? ¿Que los campesinos mueran de hambre y los obreros queden en la calle sin trabajo, mientras los comerciantes exportan de Rusia millones de toneladas de trigo y las fábricas están paradas porque no pueden vender en ninguna parte sus mercancías, pues no hallan salida para ellas?

Esto sucede, ante todo, porque la gran mayoría de las tierras, al igual que las fábricas, los talleres, las máquinas, los edificios, los barcos, etc., pertenecen a un puñado de ricachones. En estas tierras, en estas fábricas y talleres, trabajan decenas de millones de hombres del pueblo, y, sin embargo, fábricas, talleres y tierras son propiedad de unos miles o decenas de miles de ricos, terratenientes, comerciantes y fabricantes. El pueblo trabaja para estos ricachos por un jornal, por un salario, por un pedazo de pan. Todo lo que los obreros producen, después de cubrir su mísero sustento, va a parar a manos de los ricos, constituye su ganancia, sus «rentas».

Todos los beneficios derivados del empleo de máquinas, de las mejoras introducidas en el trabajo, favorecen a los propietarios de tierras y a los capitalistas, quienes acumulan riquezas, mientras a los trabajadores les corresponden sólo unas cuantas migajas. Los trabajadores se reúnen para trabajar; en las extensas fincas y en las grandes fábricas trabajan centenares y a veces millares de obreros. Esta labor conjunta, con el empleo de las máquinas más diversas, hace que el trabajo resulte más productivo: un solo obrero produce, así, mucho más que decenas que trabajan por separado y sin la ayuda de máquinas.

Pero los que se aprovechan de este trabajo más productivo, no son los trabajadores, sino el insignificante número de grandes terratenientes, comerciantes y fabricantes.

Es frecuente oír que los terratenientes y comerciantes «dan trabajo» al pueblo, «dan» salario a la gente pobre. Se dice, por ejemplo, que a los campesinos de una localidad «les da de comer» la fábrica vecina o la finca cercana». En realidad, son los obreros quienes con su trabajo se alimentan ellos mismos y alimentan a cuantos no trabajan.

Pero por el permiso para trabajar en las tierras del terrateniente, en la fábrica o en el ferrocarril, el obrero entrega gratuitamente al propietario todo lo que produce, recibiendo sólo su mísero sustento. Esto significa, en realidad, que no son los terratenientes ni los comerciantes quienes dan trabajo a los obreros, sino éstos los que con su esfuerzo sostienen a todos, entregando gratuitamente la mayor parte de su trabajo.

En todos los Estados actuales la miseria del pueblo nace del hecho de que los trabajadores producen todos los artículos con destino a la venta, con destino al mercado. El fabricante y el artesano, el terrateniente y el campesino acomodado producen tales o cuales objetos, crían el ganado, siembran y cosechan el trigo, para venderlo, para obtener dinero. El dinero es hoy, en todas partes, la fuerza principal. Todos los productos del trabajo humano se cambian por dinero. Con dinero se puede comprar todo lo que se quiera. Se puede comprar, incluso, a los hombres, es decir, obligar a quienes nada tienen a trabajar para los que poseen dinero.

Antes la fuerza principal era la tierra; así sucedía bajo el régimen de la servidumbre: quien tenía la tierra tenía la fuerza y el poder. Pero ahora la fuerza principal es el dinero, el capital. Con dinero se puede comprar tanta tierra como se quiera. Y sin dinero, no se podrá hacer gran cosa, aunque se posea la tierra: no se puede comprar arados u otros implementos, no se puede comprar ganado, ropas y otras mercancías de la ciudad, y no hablemos de pagar los impuestos. Para conseguir dinero, casi todos los terratenientes hipotecan sus fincas a los bancos. Para obtener dinero, el Gobierno pide préstamos a la gente rica y a los banqueros de todo el mundo, y paga cientos de millones de rublos anuales en concepto de intereses por estos préstamos.

Por dinero, todos libran ahora una guerra feroz unos contra otros. Cada cual trata de comprar más barato y vender más caro, de aventajar al otro, de vender la mayor cantidad posible de mercancías, de rebajar los precios, de ocultar a los demás los lugares en que se puede vender con ventaja o conseguir un suministro lucrativo. En esta contienda general por obtener dinero, los que salen peor parados son las personas modestas, el pequeño artesano y el pequeño campesino, que siempre marchan a la zaga del rico comerciante o del campesino rico. Nunca tienen reservas, viven al día, y a la primera dificultad, al primer revés, se ven obligados a empeñar sus últimas pertenencias o a malvender su ganado de labor. En cuanto han caído en las garras de un kulak -campesino rico- o de un usurero, rara vez se encuentran con energías para soltarse del cepo, y casi siempre quedan irremisiblemente arruinados.

Cada año, decenas y cientos de miles de pequeños campesinos y artesanos se ven obligados a abandonar sus chozas, a dejar su parcela por nada a la comunidad y a convertirse en obreros asalariados, en jornaleros, en peones, en proletarios.

Y los ricos se enriquecen cada vez más en esta lucha por el dinero. Acumulan en los bancos millones y cientos de millones de rublos, y se lucran no sólo con su propio dinero, sino también con el de los demás, depositado en los bancos. Por las decenas o cientos de rublos que ingresan en el banco o en la caja de ahorros, la gente modesta obtiene un interés de tres o cuatro kopeks por rublo, en tanto que los ricos convierten estas decenas en millones, amplían con estos millones sus inversiones y ganan, así, hasta diez y veinte kopeks por cada rublo.

He ahí por qué los obreros socialdemócratas afirman que para poner fin a la miseria del pueblo no hay más camino que cambiar de arriba abajo el régimen existente en todo el Estado e implantar el régimen socialista, es decir, quitarles a los grandes terratenientes sus fincas, a los industriales sus fábricas y a los banqueros sus capitales, suprimir su propiedad privada y ponerla en manos de todo el pueblo trabajador en todo el Estado. Cuando se haga esto, no será la gente rica que vive del trabajo ajeno quien dispondrá del trabajo de los obreros, sino los obreros mismos y los representantes elegidos por éstos. Entonces los frutos del trabajo común y las ventajas derivadas de todos los adelantos y de las máquinas redundarán en beneficio de todos los trabajadores, de todos los obreros. Entonces la riqueza crecerá todavía más rápidamente, pues cuando trabajen para sí los obreros trabajarán mejor que ahora para los capitalistas; se acortará su jornada de trabajo, comerán y vestirán mejor, toda su vida cambiará radicalmente.

Pero cambiar el régimen existente en todo el Estado no es empresa fácil. Para ello será necesario un gran esfuerzo, una lucha larga y tenaz. Todos los ricachos, todos los propietarios, toda la burguesía, defenderán sus riquezas con toda su energía. Los funcionarios y el ejército defenderán a toda la clase rica porque el propio Gobierno se halla en manos de dicha clase. Los obreros deberán unirse como un solo hombre para luchar contra todos los que viven del trabajo ajeno; deberán unirse ellos y unir a todos los desposeídos en una sola clase obrera, en la clase del proletariado.

La lucha será dura para la clase obrera, pero terminará indefectiblemente con la victoria de los obreros, porque la burguesía, es decir, la gente que vive del trabajo ajeno, constituye una parte insignificante del pueblo, mientras que la clase obrera representa la inmensa mayoría de éste. Obreros contra propietarios equivale a decir millones contra miles.

En Rusia los obreros también comienzan ya a unirse con vistas a esta grandiosa lucha en un solo partido, el Partido Socialdemócrata. Por muy difícil que sea unirse en secreto, escondiéndose de la policía, la unidad, pese a todo, crece y se fortalece. Y cuando el pueblo ruso conquiste la libertad política, la causa de la unidad de la clase obrera y la causa del socialismo avanzarán a paso muchísimo más rápido, con mayor rapidez todavía que hoy entre los obreros alemanes.

3. RIQUEZA Y MISERIA, PROPIETARIOS Y OBREROS EN EL CAMPO

Ahora ya sabemos lo que quieren los socialdemócratas. Quieren luchar contra toda la clase rica para liberar al pueblo de la miseria. Y en el campo ruso la miseria no es menor, sino tal vez mayor aún que en las ciudades. No vamos a hablar aquí de cuán grande es la miseria en el campo: todo obrero que haya estado allí y todo campesino conocen bien la penuria, el hambre, el frío y la desolación que reinan en el campo.

Pero el campesino no sabe por qué vive en la miseria, pasa hambre y se arruina, ni cómo podrá librarse de esta penuria. Para saberlo hay que comprender ante todo de dónde provienen la penuria y la miseria, tanto en la ciudad como en el campo. Ya hemos hablado brevemente de ello y nos hemos cerciorado de que los campesinos pobres y los obreros del campo deben unirse a los obreros de la ciudad. Pero esto no basta. Hay que saber, además, quiénes seguirán en el campo a los ricos, a los propietarios, y quiénes se pondrán de parte de los obreros, de los socialdemócratas. Hay que saber si son muchos los campesinos que se las arreglan tan bien como los terratenientes para amasar un capital y vivir del trabajo ajeno. Si no llegamos al fondo de este asunto, de nada servirán todos los discursos sobre la miseria, y los pobres del campo no sabrán quiénes son los que tienen que unirse entre sí y con los obreros de la ciudad, ni qué hay que hacer para que resulte una alianza sólida y el campesino no sea engañado no sólo por el terrateniente, sino tampoco por su prójimo, el mujik rico.”