Acerca del «posmodernismo»: una crítica marxista

Sobre el idealismo posmoderno, el materialismo determinista, y la crítica radical de Marx y Engels

  Escrito por LITCI | www.LITCI.org

En la actualidad, se volvió común el alegato de que la verdad no existe, lo que existiría serían  apenas  interpretaciones, puntos de vista particulares (conocimientos), todos igualmente válidos. Y que cualquier intento de conocer la verdad no pasaría de “pura arrogancia” y pretensión de aquellos que buscan ingenuamente aprisionar la complejidad de nuestra existencia dentro de límites autoritariamente impuestos por un enfoque determinista cualquiera.

Esta visión ejerce una innegable fascinación sobre el sentido común y buena parte de los intelectuales que dominan el ambiente académico, dado que ella parece conferir una gran sensación de “libertad” y las impositivas verdades absolutas del pasado son sustituidaspor interpretaciones acostumbradas al sabor de las preferencias individuales e, incluso, de las conveniencias momentáneas. Este enfoque ha encontrado una gran adhesión, incluso entre sectores combativos de los movimientos sociales que ven, en la negación de una verdad objetiva, la afirmación de sus propias pautas.

Sin embargo, esta relativización que, en un primer momento, parece ir al auxilio de aquellos que buscan construir una sociedad libre de toda a forma de opresión y explotación, no pasa de una ilusión que parte de un análisis superficial de la realidad. Busca esconder el hecho de que esta ideología de relativización absoluta no representa más que el retorno a las viejas ideologías del pasado y están al servicio de los intereses de las élites que incentivan y profundizan no sólo el machismo, el racismo, la homofobia y la intolerancia étnica y religiosa, sino la explotación de los trabajadores y del pueblo pobre en nuestra sociedad.

Al final, aunque en el discurso relativista de los ideólogos post-modernos “todas las verdades sean igualmente válidas”, en la práctica social cotidiana lo que vemos es la imposición de una única verdad, aquella de los que ejercen el poder. ¿De qué nos vale a supuesta “libertad” para escoger entre una infinidad de enfoques y puntos de vista igualmente válidos para analizar la realidad cuando, en la práctica, seguimos aprisionados en la lógica capitalista que mantiene los intereses del Dios-mercado por encima de cualquier interés social o humano?

La relación entre sectores de izquierda y la ideología relativista que convencionalmente llaman “post-modernismo” (o, más apropiadamente, post-estructuralismo), es el reflejo de una de las mayores tragedias en el desarrollo del pensamiento humano, una tragedia promovida por las fuerzas combinadas de las dos mayores máquinas de propaganda que la humanidad ya fue capaz de producir: la poderosa y omnipresente de los grandes medios capitalistas y el monstruoso aparato de propaganda de la burocracia soviética. Por diferentes razones, cada una de ellas, movida por sus propios intereses, socavan la conquista que representa el materialismo dialéctico bajo gruesas camadas de mentiras y distorsiones.

A fines del siglo XX y el inicio de este siglo XXI, amplios sectores oprimidos por la hegemonía capitalista, desilusionados tanto con el racionalismo iluminista del siglo XVIII como con el que el sentido común considera ser la propuesta marxista surgida en el siglo XIX, se convertirán al irracionalismo y al idealismo que caracterizan la ideología “post-moderna” (o post-estructuralista), en busca de alternativas teóricas que respaldasen las acciones de resistencia que fueron y son impulsadas a realizar, por el avance de la opresión y de la explotación que han acompañado la decadencia capitalista.

Tal relación sólo fue posible porque estos sectores oprimidos, atraídos tanto por la burguesía liberal como por la burocracia estalinista, giraron a una propuesta “post-moderna”, algo que les parecía coherente con su justo rechazo al racionalismo iluminista y al determinismo seudomarxista, una vez que la experiencia histórica demostró, tanto la incapacidad del iluminismo en concretar su promesa abstracta de libertad, igualdad y fraternidad, como la falencia del llamado “socialismo real”, que no pasó de una tergiversación del materialismo dialéctico, engendrada y divulgada por la burocracia chino-soviética a lo largo del siglo XX, en la que la dialéctica fue sustituida por el dogmatismo.

Sobre los enfoques idealistas, incluso el “post-moderno”

Desde el punto de vista de la filosofía idealista, la base de todos los fenómenos no puede ser encontrada en la materia sino en la “voluntad divina”, en la “razón universal”, en la “idea absoluta” o en alguna otra forma de abstracción que se distancie de la realidad concreta. Así, la interpretación idealista del mundo nos ofrece una imagen idealizada de la realidad, que niega la existencia de una realidad concreta o la posibilidad de que seamos realmente capaces de comprenderla a través de la experiencia práctica.

Sea a través de los idealismos objetivos de Platón (428 a.C. – 347 a.C.) y Hegel (1770-1831), que reconocen la existencia de la verdad pero postulan que ella sólo podría ser alcanzada a través del profundo ejercicio intelectual metafísico; sea a través del idealismo subjetivo, divulgado por el obispo irlandés George Berkeley (1685-1753), que simplemente niega la existencia objetiva de cualquier verdad que no sea Dios, y defiende que las cosas existen apenas en la medida en que son percibidas por la mente humana o divina; sea a través del idealismo transcendental de Immanuel Kant (1724-1804) que reconoce la existencia objetiva de la realidad pero afirma que no somos capaces de comprenderla plenamente y fija límites arbitrarios para su comprensión; o sea a través de cualquier otra vertiente idealista.

Al negar o intentar transferir de la realidad concreta hacia el reino de las abstracciones metafísicas en busca de la verdad, el idealismo acaba por expresar la necesidad o conveniencia de evitar la confrontación directa con la realidad objetiva e intenta legitimar la postura de aquellos que optan por asegurar apenas en lo que les agrade o les parezca ofrecer algún confort ante las incertidumbres de la existencia. El idealismo expresa, también, una posición pretensiosa, que intenta imponer a nuestros puntos de vista particulares a la realidad, cuando lo correcto parece ser justamente lo contrario.

O sea, el idealismo, en sus diferentes vertientes, niega o busca establecer límites arbitrarios para la investigación de la realidad objetiva. Pero, ¿al servicio de quién estaría tal esfuerzo por negar o limitar la búsqueda humana por la verdad, sino de aquellos que podrían beneficiarse con su negación?

Sobre los enfoques materialistas, incluso el positivista

El esfuerzo genuino para comprender la realidad debe ser un ejercicio de humildad, lo que presuponen nuestra disposición a dejar de lado nuestros propios anhelos y preconceptos para abrazar aquello que la realidad material, objetivamente, nos demuestra ser lo correcto, aunque eso choque con nuestras propias preferencias e idealizaciones. Obviamente, tal postura de desprendimiento nos exige un esfuerzo arduo y permanente, y  lamentablemente no es capaz de eximirnos de equivocaciones.

La filosofía materialista se empeñó siempre en encontrar una explicación material de los fenómenos capaz de superar el oscurantismo y el misticismo, inherentes a las diferentes corrientes idealistas, buscando traspasar los límites arbitrariamente establecidos para el avance del conocimiento humano. En el enfoque materialista, tales límites arbitrarios son sustituidos por la búsqueda por límites objetivamente impuestos por la realidad concreta.

Es decir, el materialismo afirma que la verdad no sólo existe sino que puede ser conocida a través de la experiencia práctica. De tal forma que el propio concepto de materia no es más que “la realidad objetiva que existe independientemente de la conciencia humana, y que se refleja por ella“.[1] Nuestro mundo circundante no es otra cosa sino materia en movimiento. Para este enfoque, incluso las ideas y conceptos más abstractos no son más que el resultado de la actividad de un órgano material (el cerebro humano) y el reflejo de objetos materiales percibidos y procesados por este mismo órgano material.

Obviamente, ese enfoque materialista, subyacente al racionalismo iluminista y al determinismo positivista, no podría estar libre de interferencias subjetivas, toda vez que los límites que juzgamos impuestos objetivamente para la investigación de la realidad están, ellos mismos, sujetos a interpretaciones subjetivas. Como afirmó Lenin, en su clásico análisis sobre los fundamentos del materialismo dialéctico, titulado “Las tres fuentes y las tres partes constitutivas del marxismo”, esperar que la ciencia, ella misma una práctica social, fuese imparcial en una sociedad de clases, dividida entre intereses antagónicos, sería una ingenuidad tan grande como esperar que las élites capitalistas, de buena voluntad, decidiesen sacar de sus manos sus propios privilegios.

Luego de invalidar el enfoque materialista [mecánico], inherente a la ciencia legítima, esa constatación apenas refuerza la necesidad de una postura científica humilde y consciente de sus propias limitaciones y equívocos, y la importancia de sus mecanismos de autorregulación y meta-análisis.

El hecho de que el enfoque materialista haya sido abrazado por la burguesía revolucionaria en su lucha para destronar a la nobleza y, más tarde, haya sido convenientemente abandonado por la misma clase burguesa, cuando ascendió al poder, nos ofrece indicios de la fuerza y del potencial revolucionario de ese enfoque.

En la actualidad, la filosofía materialista sigue con su contenido revolucionario, ofreciéndonos, herramientas importantísimas, para revelar la verdad oculta bajo las fantasías idealistas, alimentadas por la decadente élite burguesa. Los revolucionarios no tienen por qué temer a la verdad, la historia demuestra que ella es nuestra más poderosa aliada. Como nos enseña Trotsky: “Exponer a los oprimidos a la verdad es abrirles el camino de la revolución”.

Un enfoque materialista consecuente, incluso (y principalmente) cuando se choca con nuestros deseos y expectativas, es fundamental para que tomemos el rumbo correcto ante las mayores adversidades. No es de extrañar que, en uno de los momentos más difíciles y decisivos de la lucha de clases, Trotsky haya registrado, para la posteridad, las siguientes recomendaciones:

“Ver la realidad de frente; no buscar la línea de menor resistencia; llamar a las cosas por su nombre; decir la verdad a las masas, por más amarga que sea; no temer a los obstáculos; ser riguroso en las pequeñas como en las grandes cosas; atreverse cuando llegue la hora de la acción“. [2]

Sobre el materialismo dialéctico

Pero si, por un lado, en relación al carácter objetivo de la realidad y la posibilidad de conocerla, el materialismo dialéctico se encuentra, definitivamente, en el campo de la filosofía materialista(en oposición a todas las formas de idealismo), por otro él, también, busca ir más de las limitaciones expresadas por todas las doctrinas materialistas anteriores, incorporando la dialéctica para una crítica coherente del determinismo que siempre estuvo acoplado a las diferentes vertientes materialistas.

Los materialistas dialécticos reconocen que la realidad es objetiva e independiente de nosotros, ella existe por sí misma y está sujeta a leyes que son ajenas a nuestra voluntad. Pero, a diferencia del materialismo determinista, para los materialistas dialécticos eso no significa que la realidad sea estática; lejos de eso, el carácter objetivo de la realidad demuestra su inherente fluidez y dinamismo.

La realidad es concreta y objetiva pero, también, está en permanente movimiento y transformación. Podemos conocer la verdad a través de la experiencia práctica, pero esta verdad es siempre parcial y transitoria y necesita estar permanentemente susceptible a la crítica de la experiencia práctica.

Y no para ahí. La crítica materialista dialéctica al materialismo vulgar es incluso más profunda que el mero reconocimiento del carácter dinámico de la realidad: ella incorpora también la necesidad de superación del abismo entre la teoría y la práctica, que los ideólogos de las más diferentes corrientes filosóficas, tanto idealistas como materialistas vulgares, insisten en mantener y profundizar.

En sus Tesis sobre Feuerbach, en la Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel, en La Sagrada Familia y en La ideología Alemana, Karl Marx (1818-1883) y Friedrich Engels (1820-1895) desarrollan el concepto de “praxis” al criticar simultáneamente tanto al idealismo como a los enfoques materialistas de entonces. El materialismo determinista alegaba que los seres humanos son determinados por las circunstancias (económicas, sociales y naturales), en tanto el idealismo ve a los seres humanos como determinados por las ideas (pensamientos, voluntades y deseos). Los materialistas vulgares afirmaban que cambiamos porque las nuevas circunstancias nos hacen cambiar, mientras los idealistas de diferentes matices afirman que cambiamos porque la educación, las nuevas ideas y los nuevos deseos nos hacen cambiar.

La crítica de Marx es que el materialismo, sin que incorporar la dialéctica, “olvida que las circunstancias son transformadas, precisamente, por los seres humanos“ [3], mientras el idealismo “olvida que el educador tiene, él mismo, que ser educado“ [4]. Así, tanto el materialismo determinista como el idealismo, cualquiera que sea su variación, acaban por reproducir la estructura de la sociedad de clases; es decir, la explotación del hombre por el hombre. En este punto, Marx introduce el concepto de “praxis revolucionaria”, como “la coincidencia de la transformación de las circunstancias a través de la actividad humana“ [5].

La praxis revolucionaria es así entendida como actividad teórico-práctica, en que la teoría se modifica constantemente a partir de la experiencia práctica que, por su parte es también constantemente modificada por la profundización de las concepciones teóricas, de modo que ni la teoría se cristalice como dogma ni la práctica se degenere en un proceso alienado.

Como afrimó el propio Marx: «La cuestión de saber se al pensamiento humano pertenece la verdad objetiva no es una cuestión de la teoría, sino una cuestión práctica. Es, en la praxis, que el ser humano tiene que comprobar la verdad, esto es, la realidad y el poder, el carácter terrenal de su pensamiento. La disputa sobre la realidad o no realidad de un pensamiento, que se aísla de la praxis, es una cuestión puramente escolástica”. [6]

O, incluso, como reafirma Lenin en su clásico tratado filosófico:

“El punto de vista de la vida, de la práctica, debe ser el punto de vista, primero y fundamental de la teoría del conocimiento. Y él conduce, inevitablemente, al materialismo, eliminando, desde el principio, las invenciones interminables de la escolástica profesoral. Naturalmente, no se debe olvidar que el criterio de la práctica nunca puede, en el fondo, confirmar o refutar completamente una representación humana, cualquiera que sea. Este criterio es, también, suficientemente ‘indeterminado’ para no permitir que los conocimientos del hombre se transformen en un ‘absoluto’ y, al mismo tiempo, suficientemente determinado para conducir a una lucha implacable contra todas las variedades de idealismo y agnosticismo. Si aquello, que nuestra práctica confirma, es la única y última verdad objetiva, de ahí deriva el reconocimiento de que el único camino para esta verdad es el camino de la ciencia, asentada en el punto de vista materialista. […] La única conclusión para sacar de la opinión compartida por los marxistas, de que la teoría de Marx es una verdad objetiva, consiste en el siguiente: siguiendo por el camino de la teoría de Marx, nos aproximaremos, cada vez más, a la verdad objetiva (sin nunca agotarla); pero, siguiendo por cualquier otro camino, no podemos llegar sino a la confusión y a la mentira“. [7]

Ese indisoluble nexo entre teoría y práctica, con el objetivo de transformar la realidad, fue una de las mayores contribuciones del materialismo dialéctico para el pensamiento humano. Al proponer el fin de la dicotomía entre teoría y práctica, así como el fin de la división entre el trabajo manual e intelectual, el enfoque materialista dialéctico revela los mecanismos de alienación en las sociedades de clases y convoca a todos los interesados a la real transformación de la sociedad, a no sólo reflexionar sobre la realidad que nos rodea sino, también, tomar parte activa en las luchas y cuestiones urgentes de nuestra época.

En la actualidad, la negación del materialismo determinista es un sentimiento justo y legítimo, que refleja la experiencia histórica concreta con las revoluciones burguesas y las llamadas revoluciones socialistas del siglo XX, que demostraron ser incapaces de liberar a la humanidad de las amarras de la opresión y de la explotación. Pero, para hacer avanzar el conocimiento y las prácticas sociales vigentes en este inicio del siglo XXI, necesitamos ir mucho más allá de la mera negación de las experiencias del pasado, necesitamos buscar una solución que nos señale un nuevo rumbo, sin que retrocedamos al idealismo que, tampoco, se mostró capaz de ofrecernos salidas.

La superación para esta tragedia que hace, de manera casi hegemónica, al pensamiento humano, en este inicio del siglo XXI, regresarse al oscurantismo y al irracionalismo prerrenacentista pasa, necesariamente, por el rescate de un enfoque que contraponga simultáneamente el materialismo al idealismo y la dialéctica al determinismo, rompiendo las fronteras entre los diferentes campos del conocimiento, así como aquellas supuestamente existentes entre teoría y práctica. Por último, como sintetizó Marx: “Los filósofos han, apenas, interpretado el mundo de diferentes maneras; ¡la cuestión, por ello, es transformarlo!8“.

1 LENIN, V. I. Materialismo y empirocreticismo. Ediciones Avante. Lisboa, 1982.

2 TROTSKY, León. El Programa de Transición.

3 MARX, Karl. Tesis sobre Feuerbach. Trad. Castro y Costa, L.C. Martins Fontes. Sao Paulo, 2002.

4 Idem.

5 Idem.

6 Idem.

7 LENIN, V. I. Materialismo y empirocreticismo. Ediciones Avante. Lisboa, 1982.

8 MARX, Karl. Tesis sobre Feuerbach. Trad. Castro y Costa, L.C. Martins Fontes. Sao Paulo, 2002.