46 años del Golpe de Estado y la Huelga general: un balance necesario

 Un balance de la Huelga General del 73

A 46 años del golpe de estado reproducimos un extracto de “Los 15 días que conmovieron al Uruguay”. Este es un balance de la huelga general de 1973, realizado por nuestra corriente política, publicado en 1974 en la Revista América. Esta extensa nota de debate -aún pendiente en el movimiento sindical y político- luego de reinstalas las libertades democráticas, es imprescindible para analizar lo que pasó en la época e incluso entender posiciones actuales de las corrientes políticas mencionadas. Este artículo entonces, hace parte de una próxima publicación más profunda, sobre este acontecimiento histórico y sus enseñanzas para los trabajadores y los que nos reivindicamos marxistas revolucionarios. Para conseguir la reedición que realizamos de esta revista, ponete en contacto con nosotros al 98 92 788 128.

15 días que conmovieron al Uruguay (extracto)

Por Pablo Ramirez

Explota la caldera: 27 de junio hora 0

Desde mediados de junio se sentía en el aire que la situación era explosiva. Prácticamente la totalidad del movimiento sindical estaba movilizado. Las reimplantadas medidas de seguridad se habían demostrado impotentes para contener el crecimiento de las lucha obreras.

La dirección de la C.N.T. había impulsado la movilización de la mayoría de los gremios. Buscaba así responder a la presión de las bases y, al mismo tiempo, utilizar la movilización para tratar de parar el golpe que, a todas luces, se avecinaba. La pelea era concebida y llevada adelante sector por sector, de forma que no convergiera en una sola lucha. No obstante, la posibilidad de que confluyera en un torrente único, estaba planteada.

El auge de las luchas obreras, y el peligro de su unificación, se combinaba con otro elemento decisivo: la burguesía se encontraba profundamente dividida. El parlamento constituía el foro donde los burgueses sólo coincidían en la defensa de sus sillones y discrepaban en todo lo demás.

El “pacto chico” había saltado en pesazos y el gobierno carecía de mayoría parlamentaria. Las posibilidades de un funcionamiento “normal” de la democracia burguesa estaban liquidadas; ya era un sistema de gobierno que en su agonía ponía en peligro la vida del propio régimen capitalista.

Así lo comprendieron los militares de todas las tendencias: el sistema democrático-burgués ya no era garantía para la supervivencia del régimen. Había que suplantarlo por un gobierno “fuerte” (de la izquierda o la derecha militar), suficientemente fuerte como para asegurar lo que ya no podía hacer la democracia burguesa: la defensa del sistema capitalista.

Mientras tanto, los políticos burgueses se debatían entre su temor a los militares y su pavor a las masas. Los únicos que los podían salvar de los uniformados eran los trabajadores, pero temían quedar presos de ellos, y entonces cedían a los militares, sin que sus concesiones pudieran satisfacer a las FF.AA. y, mucho menos, impedir su marcha hacia el golpe.

La situación económica continuaba siendo crítica, pero la permanencia del alza de los precios internacionales de carnes y lanas permitía entrever una leve mejoría coyuntural que posibilitaría disponer de una importante masa de dinero.

Estos son los elementos decisivos que determinan el golpe del 27 de junio: la imposibilidad de mantener el funcionamiento democrático burgués en un país sumido en una profunda crisis económica, con un gran ascenso obrero que enfrentaba a una burguesía dividida y con un ejército que quería y podía acceder al poder. Estos factores combinados le dan al golpe de junio un carácter PREVENTIVO y un objetivo central: unificar por la fuerza a la burguesía para impedir que su división facilite una explosión de las luchas obreras que hagan peligrar al régimen.

El 26 de junio, frente al ya seguro golpe, el parlamento fue el lugar donde los impotentes liberales pronunciaron sus cantos de cisne. Interminables discursos que afirmaban que los liberales defenderían con su vida los sagrados fueros parlamentarios se sucedieron sin interrupción.

Cuando estos héroes de pacotilla ya tenían un pie en el avión, se conoció a las 5 de la mañana el decreto por el que se disolvía el parlamento. El largo proceso hacia el golpe de estado había culminado. Comenzaba el histórico capítulo de la resistencia obrera a la dictadura.

Un país es ocupado por sus trabajadores

En las fábricas los turnos que entraban a las 6 de la mañana comenzaban a discutir qué hacer.

Con esa unanimidad colectiva que sólo es posible en los grandes momentos históricos, los trabajadores de una y otra fábrica fueron llegando a una misma conclusión: tomar las plantas en contra del golpe reaccionario. Unánimemente la clase obrera fue ocupando el país mientras sus dirigentes se preguntaban qué hacer y los cuadros comunistas en las fábricas eran arrastrados por el impetuoso torrente de lucha que subía desde las bases.

A las 11 de la mañana se continuaba aguardando la decisión oficial de la CNT, y se esperaba con ansiedad lo que diría la central obrera, pero se esperaba anticipándose a su decisión y colocándola frente a una situación de hecho: la huelga general con ocupación de fábricas ya había comenzado. La resolución de la central lo que debía hacer era corroborar lo que los trabajadores ya habían realizado.

Y la declaración vino. Los cabildeos y reuniones de la dirección cenetista con los militares no habían surtido efecto: el partido Comunista apostaba ahora a la huelga general para presionar el contragolpe “peruanista”.

Por la tarde la ocupación se extendió como reguero de pólvora a todo el país. Bancos y hospitales, oficinas públicas y transportes, todo fue tomado por los trabajadores. La clase obrera había abierto el camino y la resolución de la CNT había facilitado la generalización de la huelga. Los días posteriores demostrarían con la elocuencia de la que sólo son capaces los hechos, que la clase obrera había pasado a su mayoría política de edad y que asumía ese papel con total decisión.

Los 15 días que conmovieron al Uruguay comenzaron. El ejército y los trabajadores se enfrentarían en una batalla decisiva. Los primeros con unidad de mando y objetivos claros, la clase obrera acaudillando a todos los sectores democráticos de la población, pero con una dirección que fue incapaz de conducir revolucionariamente la huelga y que colocó toda su potencia al servicio de presionar la intervención de los famosos militares “nacionalistas”. (…)


El desarrollo de la huelga

Un ejército de trabajadores ocupó el país, mientras que un ejército de militares estaba paralizado por la masividad de la acción obrera y la repulsa social a la dictadura.

Los golpistas emitieron un decreto disolviendo el parlamento, pero quedaron transitoriamente a la expectativa, contenidos por una clase obrera que había detenido literalmente –y sin literatura- el pulso de la nación.

La huelga había comenzado en las fábricas en la mañana misma del golpe para extenderse durante la tarde a las oficinas públicas y generalizarse en el correr del día a todos los sectores.

Mientras los transportes iban deteniendo su funcionamiento y los comercios cerraban sus puertas, se anunciaba la pronta carencia de combustible y las colas se formaban delante de las estaciones de servicio. El ejército no atinaba a actuar. La magnitud del rechazo social era inmensa. Los mismos que en febrero se habían encontrado con las simpatías de buena parte de la población, hoy comprobaban que ésta, unánimemente, estaba contra ellos. La moral de este ejército no era precisamente de triunfadores, y debieron contentarse con esperar lo que hicieran los trabajadores.

En estos tres primeros días de huelga, no hay ninguna táctica “genial” de los militares como ha pretendido ver la ultraizquierda, siempre propensa a explicarse los más profundos fenómenos sociales y políticos por la existencia de “sutiles maniobras y complots”. Si los militares no intervinieron no fue porque esperaban el desgaste de la huelga, ya que al no tomar ellos la iniciativa se la dejaban a los huelguistas, y por mayor confianza que tuvieran en la dirección stalinista, era un riesgo que no podían correr sin motivos. Sólo su debilidad, su necesidad de ajustar el frente interno, explica esto. Que luego hayan aprovechado la pasividad en que la dirección colocó a la huelga –desperdiciando criminalmente estos días preciosos- para recomponer su frente y retomar la ofensiva, no invalida lo primero: sólo hace mayor la responsabilidad de la dirección de la CNT.

Los golpistas tuvieron la ofensiva el 27 de junio, pero la reacción masiva de los trabajadores se la quitó transitoriamente. El 27, 28 y 29 de junio había una fuerza que mandaba en el país: los trabajadores. Encerrarse en las fábricas esperando la intervención de la marina, era posibilitar que el enemigo soldara su frente y retomara la ofensiva. Era dejar pasar la posibilidad de triunfar.